Llevamos una "buena temporada": a un condenado reincidente no se le ingresa en prisión y mata a una niña, un imputado absuelto se mantiene en la cárcel más de un año por descuido y un asesino terrorista (el Grapo Marcos Martín Ponce) se excarcela por una negligencia supina. Deletéreas lanzadas en carne ajena y corazón propio, tras ese componente de aleatoriedad y descuido en la administración de justicia.Por su parte, el legisdador desampara la vida del inocente, inflige severas intromisiones en la moral del individuo y muestra a sus "vasallos" díscolos e inermes, con prepotencia, la consecuencia del rechazo a sus intromisiones: la fuerza coercitiva del Estado.
Mientras la judicatura hace girar el bombo y el legislador subvierte el orden natural, el ejecutivo sortea a los chinos con la oposición la designación de magistrados "independientes", inhuma o exhuma el cadaver de Montesquieu a conveniencia, amenaza con criminalizar a los disidentes de la ideología de género, relaja a discreción la persecución del terrorismo y consiente o rentabiliza políticamente los ramalazos permanentes de receptación, de prevaricación, de corrupción urbanística y de prodigalidad presupuestaria.
¿Estado de Derecho? Vivimos de arquetipos de laboratorio y convencionalismos fatuos. Este aparato jurídico que se traviste de Estado de Derecho y degenera por momentos en Estado de Azar, está en camino de convertirse en un auténtico Estado Totalitario.

