
Quiero compartir esta horrible experiencia por dos razones: para reconocer en público nuestro agradecimiento a Dios y a nuestra Madre la Virgen en su advocación de Covadonga, y para sacar una conclusión sobre el valor del matrimonio: yo no había escuchado el sonido sordo y extraño que emitió la niña, pero su madre se levantó y encendió la luz en una fracción de segundo. Sin embargo, cuando ella vio el panorama, no la pudo tocar porque se temía que estaba ocurriendo lo peor; yo, instintivamente, le golpee en la espalda, la estimulé y volvió a respirar.
Si ella no hubiese detectado la anomalía, Covadonga seguramente no viviría. Pero si yo no la hubiera inducido a respirar, la cosa habría acabado igual de mal. Considerando ahora el episodio, nos caben dos opciones: recriminarnos recíprocamnete que yo no la escuchara y que ella no actuara, o alegrarnos por lo que sí hicimos y dar Gracias a Dios por su instinto maternal y por mi sangre fría.
Madre e hija están en el Hospital (en observación, objeto de muchas pruebas, pero bastante bien gracias a Dios) y yo aprovecho la siesta de las otras tres fieras para escribir estas líneas.