domingo, 5 de octubre de 2008

La sociedad inerme y la castración de la derecha

No creo que nadie se sorprenda por escuchar que el PSOE abandera desde hace años en España con radicalidad la Cultura de la Muerte, que ha facilitado el crimen del aborto a más de un millón de “madres” y lo ha financiado con tus impuestos, que ha falseado la historia de España y avivado el odio entre los españoles, que ha normalizado la perversión sexual en todos los contextos con predilección por los salones familiares y las escuelas, que ha tratado de arrebatarnos a los padres las derivadas de la patria potestad, que ha contemporizado o azuzado el terrorismo según su propia oportunidad partidista, que ha tributado apoyos decisivos al separatismo desintegrador y ha sembrado la insolidaridad nacional, que ha dilapidado el erario público y ha consagrado la corrupción urbanística …

Tampoco creo que a nadie sorprenda la evidencia de un fuerte sentimiento social de oposición a este plan estratégico radical-zapaterista, ni la desgraciada paradoja de que no hay fuerza política con predicamento parlamentario que haga frente al embate. Tampoco aporta mucho por mi parte, recordar que el centro liberal reformista del PP, es habitualmente contemporizador y hasta convergente con muchos de estos postulados socialistas y que es precisamente aquella opción política, el parapeto cuatrianual para consolar las conciencias de todos los que dicen “tener las ideas claras” pero esconden la cabeza debajo del ala.

Si dicho todo lo que antecede nadie pudo sorprenderse ni molestarse, que nadie se moleste tampoco si apelo desde aquí a los atributos de virilidad de quien sabe lo que pasa y no hace lo que debe.

La espada de Zapatero, de ese bambi de “la ceja” y los ojitos de primera comunión, es un sable de acero bien templado. El cuerpo social ha padecido innumerables mandobles, estocadas precisas… y no cabe ya seguir escondiendo la cabeza.

Si es que la castración política de la derecha española aún no se ha consumado en su totalidad, apelo desde aquí a las conciencias, para que vayamos entrenando el halcón y no insistamos más en empujar al campo del honor a ese flácido y esquivo esbirro liberal-reformista sin espada, tan sólo pertrechado por un escudo de algodón y engalanado por una gaviota de taxidermista.