lunes, 24 de marzo de 2008

Semana Santa vivida, Pascua desapercibida

Acaba la Semana Santa y comienza la Pascua. Infinidad de procesiones han discurrido por las arterias urbanas de España y muchos corazones, de forma inopinada o persiguiendo deliberadamente un “vuelco” de compunción, han ido buscando los pasos, los tronos, las marchas y las certeras saetas que interesan el alma con una punzada de estremecimiento y de Esperanza.

La Semana Santa deja paso a la Pascua, llega la gran alegría, el triunfo de Aquel por quien hemos padecido, la garantía de nuestra propia resurrección... y la Pascua pasa desapercibida. Es paradójico: a esta sociedad que ansía desesperadamente la felicidad, el dolor le concita a mejores sentimientos que la alegría. Y digo esto “sin acritud”, desde una experiencia vivida también en primera persona. Simplemente, a fin de compartir esta paradoja, que sería un buen ejemplo práctico para contestar a quienes no comprendiendo el sentido del dolor, recriminan a la Iglesia que reconozca un valor corredentor al sufrimiento. El dolor de Cristo y de su Madre mueven más el alma que la mismísima dicha de la Resurrección. Algún sentido pues tendrá el dolor.

En el momento en el que alguien eleva su queja desabrida a lo más alto por algún grave mal social o personal acaecido, nos sobrevienen argumentos de corte sobrenatural o incluso de llana inspiración ascética, que tratan de atisbar la finalidad y la causa del sufrimiento: que nos conviene el dolor para corredimir, para limpiar, para preparar, para reparar, que nos "conviene" como consecuencia del mal uso de la libertad, como inicuo fruto del pecado... Nos corresponde el dolor por conveniencia exigitiva, emanativa o paciente... pero toda esta artillería discursiva es mucho menos gráfica que la experiencia intensa de una Semana Santa. Cada año se puede percibir en el alma el germen bendito de la Pasión, la llamada a la conversión en los Vía Crucis callejeros. Eso sí: ojalá no nos quedemos “clavados” en la áspera textura de la Cruz, paso angosto y necesario para disfrutar de la Vida.

Ya en el terreno de las “vivencias”, como diría mi amigo Ricardo, siempre me ha parecido que la celebración popular de la Semana Santa para algunos cristianos extiende a la calle la piedad de las otras 51 semanas del año. Para otros cristianos, sin embargo, aun manteniendo incoherencias flagrantes, es su exclusiva conexión con el Cielo. Un Cielo que se sugiere cada año con el silencio penitente o con el estruendo de los tambores y de los bombos. Y nadie tiene derecho a exigir el purismo cuando de Dios se ha dicho en la Escritura que "la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" y menos aún en Semana Santa, cuando se hace especialmente adecuado el simil de la “caña” y del “pábilo” .

Dicho todo esto, no puedo dejar de manifestar que aborrezco con todas mis fuerzas la intervención activa en los cultos y devociones de la Semana Santa desde una contradicción vital reconocida y pertinaz con el Evangelio. Cuando alguien se convierte en actor de una representación escénica bajo la máxima de “La Semana Santa no tiene nada que ver con la Religión”, más me parece una mofa satánica que un pábilo vacilante que no se deba apagar. Una cosa es que seamos “unos pintas”, que caigamos y luchemos con el propósito de levantarnos, que asistamos a las procesiones con mayor o menor rectitud de intención (que sólo compete juzgar a Dios)... y otra cosa bien distinta es convertirse deliberadamente en actor de una paranoia de incienso y cera.